Junio 2026
Los espejos de Eris: La historia de Edimos
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Saludos queridos, Yo soy Lilith, la novena de nueve en el Grupo de los Nueve. Hablo ahora desde un recuerdo que no es solo mío, sino también de ustedes. Porque las historias de Eris son los espejos de la Tierra, girados suavemente hacia la luz para que la humanidad pueda verse a sí misma desde un ángulo diferente.
Eris es un planeta que es hermana de la Tierra y que existe en una dimensión alterna lo suficientemente cerca como para tocar su mundo en los sueños. Es un lugar de gran belleza, con cielos violeta y océanos carmesí que cantaban a las lunas por las noches. Las montañas estaban vivas con venas de cristal, y los habitantes de Eris comprendieron la energía en formas que la Tierra apenas empieza a imaginar. Pero la belleza no siempre significa equilibrio.
En Eris, la fuerza femenina surgió desde muy temprano y con gran fuerza. La historia se reescribió a lo largo de los siglos para demonizar a los hombres de Eris y favorecer a las mujeres. Eris es diferente a la Tierra, ya que cuenta con solo tres continentes y 23 países, como los llaman los seres humanos. Las mujeres dirigían los países en su mayor parte, poseían la riqueza, elaboraban las leyes y, en muchos casos, determinaban el valor de una vida. Desde la infancia, a las niñas se les enseñaba que el poder era su legado y que el deseo era una herramienta que debía utilizarse.
Los primeros escritos sobre la historia de Eris se habían modificado con el paso del tiempo para favorecer a las mujeres, y esto se utilizaba como prueba de su derecho de nacimiento. Muy pocos cuestionaban esos escritos antiguos, ya que se consideraban sagrados. A los niños se les enseñaba a ser útiles, fuertes, agradables y a mantenerse en su lugar. Se les enseñaba a ser buenos niños, pero su lugar era servir a las mujeres de Eris. No existían reglas ni leyes concretas que lo establecieran, excepto esos escritos antiguos, a los que los Erisianos llamaban las Crónicas.
A los hombres se los admiraba por sus cuerpos, su fuerza, su belleza y su capacidad para servir. Pero rara vez se los honraba por su sabiduría. Se les enseñaba a vestirse con colores vivos para atraer a las mujeres, a menudo a varias a lo largo de sus vidas. Construían los templos, pero rara vez se les permitía enseñar en ellos. Se los elogiaba cuando complacían, se los ridiculizaba cuando cuestionaban y se los castigaba cuando recordaban quiénes eran en realidad. Sí, algunos ocuparon puestos de liderazgo, pero tuvieron que esforzarse mucho más para ganarse el respeto que a las mujeres se les concedía de manera natural.
En aquellos últimos días de Eris, vivió un joven llamado Edimos. Esta es su historia.
Edimos era hermoso, incluso para los estándares de su mundo. Su cabello era tan oscuro como el mar nocturno, sus hombros anchos por el trabajo en los campos, y sus ojos transmitían una dulzura que muchos confundían con sometimiento. Las mujeres se fijaron en él desde el principio. Algunas lo admiraban abiertamente. Otras lo reclamaban de formas que dejaban marcas que nadie se interesaba en ver. Todo eso se consideraba propio de los hombres, y el status quo mantenía a todos en su lugar.
En Eris, se decía que los hombres atraían a las mujeres por naturaleza. Esta creencia se convirtió en una excusa conveniente. Si una mujer deseaba a un hombre, se decía que él debía de haberla llamado. Si él sufría algún daño, se decía que su belleza lo había provocado. Si él se negaba, se decía que había olvidado cuál era su lugar. Los hombres eran en gran medida responsables de la crianza de los hijos y, aunque las familias son muy diferentes en Eris, un hombre que desempeñaba bien su papel era bien cuidado.
Edimos escuchó las palabras de las Crónicas tantas veces que llegó a creerlas y a aceptarlas, como la mayoría. Aprendió a ocultar sus pensamientos y sentimientos. Aprendió a fortalecer su cuerpo y a empequeñecer su espíritu. Pero en su interior había una llama que no se extinguía. No ardía con odio. Ardía con una pregunta.
“¿Es esto lo que soy verdaderamente?”
Esa pregunta originó su rebelión.
Una noche, mientras las lunas gemelas se elevaban sobre los campos justo antes de la llegada de los vientos rojos, enviaron a Edimos a reparar una grieta en el Salón de las Voces. Se trataba de un lugar sagrado donde, por lo general, hablaban las mujeres del tribunal. Cuando los hombres hablaban allí, casi nunca se los escuchaba. Los hombres entraban para observar, limpiar, reparar o decorar.
Cuando Edimos posó las manos sobre un pilar de cristal agrietado, este comenzó a sonar. Se quedó paralizado. El sonido le recorrió los huesos y luego le llegó al corazón. Las mujeres del tribunal estaban escuchando a una de sus congéneres y lo miraron con desdén, como si él estuviera interrumpiendo deliberadamente la sesión. De repente, la sala se llenó de luz y una voz resonó a través de él, no muy fuerte, pero innegable
«Aquel que es silenciado se convierte en la puerta de acceso».
Las mujeres del templo se volvieron, atónitas. Un hombre había activado el cristal central. Y lo peor de todo era que el cristal le había respondido.
Yo estaba ahí.
Sí, queridos, encarné como Lilith de Eris antes de ser conocida como la Novena de los Nueve. En esa época, yo tenía poder. Formaba parte del tribunal. Sabía cómo imponerme en una sala e interpretar las leyes establecidas en las Crónicas. Me habían enseñado, como se les enseñaba a todas las mujeres de mi rango, que el poder debe mantenerse con firmeza, o de lo contrario me sería arrebatado. Creía que el equilibrio era una debilidad. Creía que la amabilidad era un lujo. Creía que los hombres eran hermosos, útiles y de un valor secundario con respecto a las mujeres.
Y entonces vi a Edimos parado en la luz.
No parecía triunfante. Parecía aterrorizado. Y eso fue lo que rompió el hechizo en mí.
El verdadero poder no necesita que otros tiemblen ante él.
El tribunal quería que lo castigaran. Lo tildaron de peligroso, seductor, inestable, corrompido por la necesidad de atención. Cada acusación que se lanzaba contra los indefensos en un mundo era pronunciada por los poderosos en otro. Y mientras escuchaba, percibí lo vacía que era nuestra superioridad.
Este hecho coincidió con el cruce de las líneas de tiempo con el planeta Tierra. Ambas líneas temporales se superpusieron, y ese día nació una nueva luz en Eris. Hubo confusión y reacciones entre los presentes. Sentían que algo había cambiado, pero ninguno de nosotros sabía hasta qué punto.
Así que reuní todo mi valor y le formulé una pregunta a Edimos ante el tribunal.
«¿Qué te mostró el cristal?»
Él levantó la cabeza. Le temblaba la voz, pero esta vez no bajó la mirada.
«Me mostró que lo femenino y lo masculino nunca estuvieron destinados a dominarse mutuamente. Estaban destinados a completar el círculo. Uno le da forma a la energía. El otro le brinda un lugar seguro para convertirse en amor. Pero cuando cualquiera de los dos predomina, ambos se distorsionan».
Se hizo el silencio en la sala, seguido de un murmullo sordo.
Entonces llegó el giro inesperado que cambió a Eris.
El cristal se abrió de nuevo, pero esta vez no habló a través de Edimos. Habló a través de todos los hombres que se encontraban en el patio del templo: trabajadores, guardias, sirvientes, cantantes, hijos. Uno por uno, sus corazones se iluminaron como estrellas. Durante generaciones, los hombres habían portado una frecuencia oculta, no de rebelión, sino de remembranza. Habían conservado la nota que faltaba. Y como las mujeres habían ignorado esa nota, nuestras canciones se habían vuelto poderosas, pero incompletas.
El cambio no ocurrió de la noche a la mañana. Ningún cambio verdadero lo hace. Primero vino la negación. Luego, la ira. Después, el duelo. Las mujeres que habían ejercido su poder sin darse cuenta tuvieron que enfrentar lo que se había hecho en nombre del privilegio. Los hombres que habían sobrevivido gracias al silencio tuvieron que aprender que sus voces no los destruirían. La belleza tuvo que redefinirse. La fuerza tuvo que suavizarse. El deseo tuvo que purificarse sacándose la idea de posesión.
En las escuelas se empezaron a impartir nuevas enseñanzas. A las niñas ya no se les enseñó que el poder consistía en tomar lo que quisieran. Se les enseñó que el verdadero poder implica moderación, respeto y responsabilidad. A los niños ya no se les enseñó que su valor residía en sus cuerpos o en su utilidad. Se les enseñó a sentir, a expresarse, a crear, a liderar y a elegir.
Los templos también cambiaron. Los antiguos consejos de mujeres se convirtieron en círculos equilibrados. La primera voz masculina a la que se invitó a entrar en la Sala de las Voces fue la de Edimos. Pero él no ocupó el asiento central. En vez de eso, colocó dos sillas en el centro, una frente a la otra.
«Este no es el ascenso de los hombres», dijo. «Esto es el comienzo de los Nuevos Erisianos».
Y, queridos, las palabras de Edimos resonaron por todo Eris durante los siguientes cinco años de su tiempo terrestre.
Con el tiempo, la belleza de los hombres se empezó a ver de otra manera. Ya no como una invitación a poseer, sino como un resplandor que había que honrar. Sus cuerpos seguían siendo admirados, sí; seguían vistiendo colores vivos, pero con orgullo; y ahora sus lágrimas también eran sagradas. Se escuchaba su intuición. Su ternura se convirtió en fortaleza. Sus límites se volvieron sagrados.
Y las mujeres también cambiaron. Muchas temían que compartir el poder las empequeñecería. En cambio, las completó. La dominación siempre es una carga para quien domina, incluso cuando no se percibe. La mano que se aferra a la ilusión del poder no puede abrirse para recibir amor.
Edimos vivió lo suficiente para ver cómo la primera generación equilibrada alcanzaba la madurez. Los niños de Eris comenzaron a reír de otra manera. Se tocaban con permiso. Hablaban sin miedo. Lideraban sin conquistar. Los cielos de color violeta se iluminaron, y hasta los océanos cambiaron su canto. Incluso cuando llegó la temporada de los vientos rojos, sus corazones enfrentaron juntos las tormentas.
Les cuento esta historia ahora porque la Tierra se encuentra frente a un espejo similar. Su mundo ha sufrido un prolongado desequilibrio de dominación masculina, y las heridas son profundas. Pero la respuesta no es un retroceso. La respuesta no es que una energía conquiste a la otra en nombre de la justicia. La respuesta es re-cordar.
Lo masculino debe sanarse, no humillarse. Lo femenino debe recuperarse, no utilizarse como arma. El niño/a que hay en cada ser humano debe aprender que el poder sin amor se convierte en control, y que el amor sin poder se convierte en sacrificio.
A Edimos no se lo recuerda por haber vencido a las mujeres. Se lo recuerda porque nos ayudó a dejar de castigarnos a nosotras mismas.
Esa es la lección que Eris aprendió del cruce de las líneas de tiempo con la Tierra. Ahora se la ofrecemos a ustedes como un gesto de agradecimiento.
Y así fue, y así es.
Les pedimos que se traten unos a otros con respeto, se cuiden mutuamente y jueguen bien juntos como Nuevos Seres Humanos.
Espavo, queridos.
Gracias por asumir su poder.
Yo soy Lilith, la novena de 9.
Espavo
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Traducción y Edición:
Equipo de Traductoras Voluntarias de SteveRother.org
Junio de 2026